
Si de algo hay exceso en la temática que abordan hoy en día las novelas es, sin duda, las que refieren sucesos históricos. La Historia y sus avatares son campos siempre apetecibles para los narradores y un balcón al que asomarse para los lectores, que buscan muchas veces no sólo el entretenimiento, sino el aprendizaje de los usos y costumbres de otras épocas.
Merinas cumple a la perfección estos dos valores. Enseña y entretiene. Enseña porque su autor, Fernando Criado, es un erudito de la Historia; ha dedicado muchos años de su vida a estudiar la figura de Enrique III, el Doliente, un monarca perteneciente a la casa de los Trastamara. Y fruto de esos miles de folios anotados es esta novela (gruesa, unas 600 páginas) donde se cuenta una historia de aventuras, amor y misterio enclavada en las primeras décadas del siglo XV en unos parajes muy determinados, la Sierra de Guadarrama y la cuenca del río Duratón: Segovia, Buitrago, Manzanares, Sebúlcor o Sepúlveda.
¿Por qué ese título, Merinas? ¿qué relación guarda esta raza ovina con una novela histórica? El propio autor nos lo desvela en las páginas introductorias del libro. En ellas se apunta que “es posible que hubiera más ovejas merinas que habitantes en los reinos castellanos”. Y más adelante sigue esta justificación: “las merinas constituyeron uno de los más importantes orígenes del nuevo comercio y de las nuevas actividades económicas de las tierras castellanas a principios del siglo XV y también fueron un factor importante en el aumento de las exportaciones a otras regiones y países”. Por todo ello, la presencia del comercio merinero, de las cañadas reales y de las gentes que viven al albur de la trashumancia se hacen sumamente importantes para enclavar bien esta obra en los tiempos del monarca Doliente.
No me gusta en mis críticas esa habitual manía de otros glosadores en los que se hace un resumen, en ocasiones demasiado extenso y donde se cuentan demasiadas cosas, de la novela sobre la que se está hablando. Esta obra contiene los ingredientes clásicos del género histórico. Un personaje principal: Pedro de Zafra. El contrapunto de éste: Diego de Robledo. La mujer por la que se siente atraído Pedro de Zafra: Isabel de Mieres. Es decir, entre lances de espada, viajes a caballo, visita de fondas y descripciones paisajísticas, surge también el amor. Pero no diremos más, hay que leer el resto, que es mucho y posee también mucho misterio.
La novela está escrita de un tirón, es decir, no hay capítulos ni secciones a lo largo de la narración. Pero los párrafos son muy breves, incluso de una sola línea y abundan los diálogos bien construidos. Pese a contar con un gran volumen de páginas (nos consta que en su génesis era diez veces superior) la lectura es fluida, la escritura es muy correcta y en ella se atisba la sólida formación de su autor, un hombre de corte renacentista por su pasión tanto por las letras como por las ciencias, viajero incansable, cuyas vivencias refleja a la perfección en los paisajes que casi se dibujan en la novela.
Por tanto, podemos decir que Merinas es una historia interesante, entretenida y con continuas referencias a ese mundo que muchos desconocemos en profundidad, el mundo del Concejo de la Mesta, del comercio de ganado ovino y de la trashumancia, incluidas las cañadas reales merineras por donde se movían no sólo ganaderos y rebaños, sino todo un mundo que surgió en torno a la riqueza producida por el comercio de la lana, la lecho los quesos, la carne, etc., de esas ovejas merinas que como se apunta en la página 31, había “más merinas que castellanos”.
La novela ha visto la luz en Chiado editorial y se halla ahora mismo en su segunda edición. En la presentación que tuvo lugar en Valladolid, el autor anunció una próxima edición aumentada con dibujos suyos, porque entre las múltiples aficones de Fernando Criado también está la del dibujo.