El ‘minilehendakari’ de Compostela

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A los simpatizantes del PP que, hace bien poco, les dijeron que tenían que simpatizar con Pablo Casado, ahora les dicen que deben simpatizar con Alberto Núñez. Sin embargo, tengo para mí que el ‘minilehendakari’ de Santiago no es, ni mucho menos, la solución que requieren los populares. Su más que impuesta llegada a Génova, 13 no hará  sino mermar las ya anquilosadas perspectivas electorales del partido.

Me explico. Encuestas ad hoc aparte, no parece que los votantes, que no tienen por qué ser necesariamente militantes, no están por la labor de aceptar la presencia de nadie manu militari. Pero, mucho menos, si ese alguien parece encarnar todo aquello, y acentuado, que ha desencadenado la crisis, a saber, una supuesta y/o mal entendida moderación, un acercamiento a los adversarios ideológicos y un distanciamiento aún mayor de aquellos con los que inevitablemente hay que llevarse bien, cuando no pactar, circunstancia ésta que es, insisto, una de las que han desencadenado el desastre.

Sí, sí, ya sé que Madrid no es toda España y que lo que piensen los votantes del centro geográfico puede no ser extrapolable al resto de provincias y regiones pero no me negarán que todo esto viene por el enfrentamiento con quien parece contar con el apoyo, cuando no admiración, de los electores no sólo madrileños, y la malhadada campaña electoral de Castilla y León fue, día sí, día no, una buena prueba.

Dicho esto, cabe preguntarse por qué Alberto Núñez no dio el paso cuando había adversarios, es decir, cuando pudo batirse el cobre en un congreso con el propio Casado, con Cospedal, con Margallo, con Sáenz de Santamaría… No parece que esa sea la valentía que necesita un partido, mucho menos, por tanto, el Gobierno de España.

Para el final dejo, por explicada ya meses atrás en este espacio, esa suerte de política nacionalista de vejo cuño, es decir, conservadora, aplicada por el férreo y no tan moderado presidente autonómico, que se traduce, y nunca mejor dicho, en gallego, gallego y más gallego en las escuelas, la sanidad, los edificios públicos, las carretas, la cartelería…

Salvo en el tono lingüístico del propio idioma y la gramática, algo más accesible que la catalana y no digamos la vasca, no parece que la de Alberto Núñez se diferencie mucho de la atávica política experimentada y aplicada hasta la extenuación por sus colegas regionales, que tanto rechazo genera, y no sólo entre los decepcionados votantes del PP.

Blog de Ángel Cuaresma

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